TU NO ENTIENDES MI ROCK

(Las leyes del éxito perdiendo el vínculo con tu paciente)

Trabajar con adolescentes en algunas ocasiones es un reto contradictorio, tan pronto es un trabajo que nos recompensa como puede convertirse en un verdadero via crucis. En cierta ocasión tras una densa sesión, uno de mis adolescentes se cerró, de manera incomprensible, a mi discurso con una frase ininteligible para un hombre con criterio como yo.

“Tú no entiendes mi Rock”.

Resuena en mis oídos, tras el paso del tiempo esa frase, que he incorporado a mi vida cotidiana y que comparto a menudo. Le doy mi reconocimiento a ese chaval que sumido en su tristeza y su ira, me dio una lección aquél día de nuestro último encuentro porque no quiso volver a la terapia conmigo.

En más de una ocasión he echado en falta que quién escribe un artículo o libro haga referencia a otras personas, que antes que él o ella, han explicado prácticamente las mismas cosas. De tal manera debo confesar que autores como Paul Watzlawick y, en especial, Jay Haley, han sido para mí una fuente de inspiración que sólo una biblia podría aportar al más devoto de los evangélicos. Sus artículos y publicaciones, cargados de ironía y conocimiento me han enseñado mucho más que cientos de horas de clases magistrales a la hora de exponer mis argumentos. Comoquiera que no suelo aparecer demasiadas veces en publicaciones serias y de relumbrón como la presente, a modo de disculpa diré que ruego indulgencia a las personas que me leen frente a la sombra de lo obvio que pueda planear a lo largo de mi artículo. No soy un investigador stricto sensu pero pretendo ser un observador de la vida que me envuelve y cumplo escrupulosamente con el imperativo ético de aprender de aquello que me sucede, en especial de mis errores garrafales. Que son y han sido compañeros de camino.

Ya son más de 25 años que me dedico a tiempo completo a la tarea de ser psicoterapeuta, docente, formador, y en los últimos tiempos me esfuerzo con mucho empeño en ser un divulgador. Pongo el máximo rigor en no ser demasiado riguroso así que aceptaré esta crítica por parte del lector.

En estas dos décadas y media, como seguramente casi todas las personas que accedan a este escrito, he aprendido mucho sobre el arte de naufragar como terapeuta, y no pasa el día en el que no apunte algunas ideas, en mi vademécum del fracaso, acerca de lo que hay que saber para perder el vínculo con las personas que vienen a mis consultas. Desde mi infinita humildad, pretendo llegar a cualquier profesional de la ayuda, sea desde el ámbito educativo, sanitario, social o psicoterapéutico al considerar que las ideas que voy a desgranar son de una solidez contrastada y aplicables directamente a cualquiera de los ámbitos mencionados.

Mi objetivo es aportar conocimiento, suficientemente validado, para lograr desinstalar el vínculo, o tal vez nunca llegar a crearlo, con nuestros desventurados consultantes. De seguir religiosamente mis propuestas, no le quepa la menor duda a la lectora y al lector, que logrará el más sonoro de los fracasos e incluso podrá alardear de ellos en las redes, cosa por otro lado, que se está poniendo muy de moda.

FRACASA MEJOR

Me contaron en una ocasión la anécdota de que un hombre caminaba por la calle cargado con su violoncello, andaba perdido así que decidió preguntar a un transeúnte.

Perdone usted -dijo- ¿Sabría decirme cómo se llega al Royal Albert Hall?

El hombre respondió – Practicando-.

De ahí surge una recomendación calurosa a quién me lee, no es fácil echar por la borda una relación, a menos que practiques lo suficiente, y si el lector ensaya con ahínco suficiente, puedo profetizarle el éxito en fracasar. Sin más demora, ahí van mis cinco infalibles técnicas:

  1. Haga usted un diagnóstico y, a ser posible, sentencie: No existe una mejor táctica para lograr que el consultante se sienta mal, que empezar la relación creando una etiqueta diagnóstica. No importa la escuela terapéutica a la que pertenezca el profesional, es diagnóstico puede convertirse, usado convenientemente, en un muro insalvable. Puede ser un diagnóstico médico, psicodinámico, sistémico, humanista, o aún mejor, usar un enfoque integrativo y sacudir al cliente con una mezcla de todas las etiquetas a la vez. Rizar el rizo con sentencias del tipo: “Esto requerirá de X sesiones”, o el imbatible “Es un trastorno crónico o para toda la vida” son técnicas ganadoras que nunca hay que desdeñar.
  2. Demuestre que no ha mirado a su cliente: Una manera regia de despreciar al paciente, es la de minimizar su problema con asertos del tipo: “No hay para tanto” o “Probablemente otra gente está peor”. Es un buen enfoque que puede ser mejorado por corolarios que hagan que el sistema consultante se difumine frente a la vida. Es el momento de hacer generalizaciones al estilo: “Eso le pasa a muchas familias”, que nunca falla para ningunear; o la más sutil “Al 64% de las personas que padecen su trastorno les pasa lo mismo”. Estoy convencido de que al lector se le ocurrirán otras bonitas maneras de dar a entender a la persona o familias que le consultan que ni siquiera los está viendo como a seres únicos o como alguien a ser tenido en cuenta. El uso de las estadísticas, en manos de un profesional de la salud es una verdadera carga de dinamita de la que siempre se debe disponer.
  3. Aliente a los pacientes a “Pensar bonito”: Sin duda, dependiendo de la modalidad de terapia psicológica que usted practique, alentar a sus consultantes a “Pensar cosas bonitas” es una modalidad muy transversal de generar distancia y sufrimiento gratuito a quién acude a la consulta. Asertos como “No digas esas cosas, piensa en positivo” o el inefable “Las cosas que te preocupan en realidad no ocurren nunca”, están al nivel del más común “La ansiedad, no va a matarte, hazlo”. En algunas ocasiones magistrales, sugerir a las personas que nos consultan cosas que nos fueron bien a nosotros puede ser una auténtico crujir de huesos para nuestros interlocutores, por lo que no hay que echar en falta ese tipo de intervenciones, a sabiendas que ellos y ellas, no tienen nuestros recursos. Cualquiera de estas intervenciones, salpimentando el discurso y dichas en un tono condescendiente y sutilmente imperativo, forman parte del manual de todo terapeuta que quiera garantizar su fracaso.
  4. Use malos reframe: La reestructuración es una intervención que deviene un arte a condición de ser usada con un timing adecuado. Instamos aquí, al profesional, que se apresure a reencuadrar el problema del paciente para que éste se sienta inadecuado y fuera de juego. Así, por ejemplo, podremos dar un nuevo encuadre a la persona cuando nos diga que está deprimido por la pérdida de un ser querido con acompañamientos de notable lucimiento como; “Así descansa”, y si se trataba de una persona mayor, recomendamos el “Ya vivió lo suyo” o el espiritual “Ya llegó su hora”. Reestructurar rápidamente y con desatino causa gran confusión a la vez que frustra muy bien al paciente, así que es recomendable hacerlo en cuanto se pueda, sin tener en cuenta el grado de posibilidad receptiva del consultante. Usar reencuadres a lo Mara Selvini de manera no calculada, puede ser una fabulosa manera de hundir la terapia, así pues, si la familia se preocupa por que la niña no come, espetar una frase como “Juana está desviando la atención de los padres con su sacrificio para soterrar un conflicto en la pareja” sin haber cotejado bien la textura del caso o justificar cualquier conducta con el consabido “lo hace para llamar la atención” son herramientas que todo aspirante a terapeuta fracasado debe llevar en su maletín.
  5. Sea soberbio: Lucir palmito y pretender ser un sabio siendo soberbio, es la culminación de una carrera brillante perdiendo a los clientes. Pensar que “el paciente no sabe lo que quiere en realidad”, tomando nuestra hipótesis como la única real y con sentido, perpetúa el fracaso al que todos aspiramos. Prescindir de la demanda del sistema en consulta y redirigir al doliente hacia otros objetivos es un camino brillante a la desesperación. Hay que seguir por esa vía, sin duda. Sobre todo, mantener nuestras hipótesis a pesar de que los resultados de la terapia sean indeseados para todos e identificar a nuestros interlocutores como resistentes y barracudas, nos proporcionará la gloria de la soberbia del terapeuta fracasado.

Por supuesto, el presente escrito, es una guía reducida de todo un universo técnico y táctico que puede llevarnos al fracaso terapéutico, existen muchas maneras más, un sinfín de variables pueden arruinar un proceso de psicoterapia, y por supuesto, no todas están en las manos del profesional, desafortunadamente. Sin embargo, a poco de poner el mínimo empeño, causar dolor y aumentar el desamparo de nuestros consultantes es algo que está en nuestras manos y que vale la pena explorar para que nuestro oficio sea visto de la peor manera posible. Sé que no aporto demasiadas novedades, y lamentaría caer en lo cotidiano, estoy convencido que el lector, la lectora, puede mejorar mi vademécum del fracaso y que este cometido, gracias a los astros, no tiene fin. Tal vez, si la lectora o el lector no ha sacado tajada de este artículo, no tengo duda ninguna de que tal vez “Tú no entiendes mi Rock”.

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